
El asalto de AnivacachiArregladas ciertas dificultades con los vecinos, pasó a la población inmediata una comisión mexicana de policía, llamó en altas horas de la noche en casa de los acusados, entreabrieron la puerta, metieron el cañón de la pistola para que no cerraran, se introdujeron los policías, amarraron a unos y amagaron a otros, pistola en mano, y arrojaron en paños menores al auto que esperaba afuera, al que parecía presunto culpable del asalto, trasladándose violentamente con él a la Cárcel de Agua Prieta.
En menos de dos horas quedaron presos un Doctor Español de 44 años, el Jefe de los asaltantes de unos 38 años, un Teniente Coronel Villista de unos 25 años y el cochero de 31.
Era el 15 de Diciembre de l918.
Los acusados fueron trasladados de la Cárcel al rancho del Azufre, lugar citado a 9 kilómetros al sur de Agua Prieta, donde previamente quedó situado unos destacamentos de soldados y arreglada una casa que serviría para interrogar a los presuntos asaltantes.
¿Eran en realidad culpables?
Veamos lo que sucedió después. Los presos estaban amarrados codo con codo y bien custodiados cuando fueron pasados uno por uno en presencia del General Calles que por esos días era Gobernador del Estado de Sonora, quien los interrogó con severa energía.
“¿Cómo se llama Ud.?” “Doctor...” “Está Ud. Acusado de haber robado a la Nación $150.000 en oro sellado, y de haber asesinado al Administrador de la Aduana Carlos Caturegly, al Cabo Francisco Bermúdez, al Celador Gilberto Luque y herido gravemente a Emilio Vidrios”.
“Esto es una impostura. Yo no he robado, ni asesinado a nadie; ni tan siquiera he salido de mi casa, por estar en cama bastante enfermo.”
“No sea cobarde, confiese la verdad. En el excusado de su casa fueron encontrados $5,000.00 pesos robados y nos consta que Ud. Fue el director intelectual del asalto”.
“No soy cobarde, ni
miento. Ya dije que nada supe del asalto y que no salí de mi casa por estar enfermo,” contesto el Doctor.Enseguida entró el Teniente Coronel Villista con gran presencia de ánimo y desde el primer momento se impuso por su valor. Sin negar los cargos que se le hicieron lamentaba que no fuera mayor el número de muertes. Se encaro al General Calles como si el fuera el acusador y Calles el acusado, llegando al extremo de insultarlo en diferentes formas y aún de llamarlo “General de dedo”.
Los militares que estaban presentes, esperaban de un momento a otro que Calles sacara su revolver y lo matara en el acto; pero no fue así, oyó con gran paciencia, con la cabeza baja, y aún llegó al extremo de sentir deseos de perdonarle la vida por méritos de juventud y de notable valor.
En este caso, como en otros muchos, triunfó la serenidad del Gobernador Calles y no quiso mancharse con la sangre de un hombre que tenía los pies en el cadalso.
Después se presentó el acusado como Jefe de la expedición y también habló como hombre de mucho valor y en ningún caso trató de eludir responsabilidades.
Después fue presentado el cochero con el ánimo muy decaído y fue necesario ayudarlo para que se pudiera sostener.
Terminado el Interrogatorio se les indicó a los reos que el Gobernador se inclinaba por perdonarles la vida si decían donde tenían el dinero y escribían a sus familiares ordenando que lo entregaran con el fin indicado.
Casi todos accedieron a lo que se les proponía, menos el Doctor que ya lo tenía entregado, y unas horas después, el dinero fue recogido de varios lugares donde estaba enterrado y casi todo volvió a poder del Gobierno.
En la frontera americana había algunos grupos de refugiados que amenazaban con volver a cruzar de nuevo la Línea Divisoria, en son de guerra y por está razón y otras demasiado conocidas la triste situación de los presos se agravó de una manera notable.
Un poco antes de la primera luz del alba fueron traídos de nuevo a la Villa de Agua Prieta, en un truck en el cual venían insultando, a voz de grito, a sus custodios y a Calles, con palabras demasiado fuertes, que oyeron los vecinos por donde iban pasando.
El Prieto Herrera, ayudado por otras personas, se encargó de ejecutar la terrible sentencia y, en menos de una hora, aquellos infelices estaban colgados en los postes del alumbrado que aún existen entre el Hotel Central y la cantina El Molino Rojo.
Cuando Llegó la luz de aquel triste día, la población de Agua Prieta y aún la de Douglas tuvieron un estremecimiento de horror al salir a ver él doloroso espectáculo que había en el costado Norte de la Plaza Pública.
Los Colgados estaban casi todos descalzos con dos amarres y con ropa incompletas, menos el Doctor que tenia un pantalón de mezclilla y una gorra sobre los ojos.
Transcurrieron 31 años desde entonces (de aquellos años) y, aún hoy lamentamos el trágico fin de unos y de otros, pues, aún siendo alguno de ellos culpable del delito que los llevó al cadalso, por el hecho de ser parte de nuestra doliente humanidad, y, además, como mexicanos, debemos reconocer que pudieron equivocarse y que tienen derecho a la piedad de todos los que hemos vivido esta dolorosa época de nuestra historia.
Roberto Fleischer Haro, egresado de la cuarta generación de la Escuela de Policía. Registro Nacional de Seguridad Pública FEHR440205H26223583 e. Mail rfleischer_44@hotmail.com